Las madres no deberían enterrar a los hijos.

Una de las cosas más bonitas de estar trabajando cara al público y con un público tan especial, es que poco a poco vas conociendo la vida de cada una, y los lazos que las unen entre ellas (algún día tendré que organizarme un pequeño árbol genealógico, porque cuando viene una y me preguntas si pasó su prima o cuñada o tía, ya no sé a quién se refiere… jajaja). Asomarse a sus vidas es descubrir infancias perdidas, aulas cambiadas por fábricas, muchas bocas para poco alimento, hombres maltratadores, luchar y callar para seguir adelante… Pero lo peor es cuando una descubre el dolor infinito que se esconde en el corazón de las que han perdido a un hijo.

Primero fue M, la reina del huerto, la capitana del grupo, la de carcajadas profundas que resuenan por todo el local, la que ríe para no llorar, la que recuerda con amargura al hijo que perdió, a su único hijo, el que un buen día se fue con su mujer e hijos a vivir a otra provincia y una maldita noche se mató a lomos de su camión en una carretera lejana. La que te recuerda que de nada sirve traer hijos a este mundo de sufrimiento, que se sufre desde que se nace hasta que se muere. Y mientras se lamenta, su hermana asiente y dice que para vivir esta perra vida, mejor no haber venido, que a ellas nadie les pidió si querían venir y que de saberlo, no hubieran venido.

En estos días se cumplía el aniversario de la muerte de otro hijo, de otra madre a la que el día se le hace eterno, que teje y desteje cual Penélope en espera de que el corazón le deje de doler. Era noviembre del año pasado cuando su hijo fue con unos amigos de escalada, escalador y buceador experimentado, querían recorrer el Barranco del Infierno, en Alicante. Equipados para la excursión, salieron y un mal paso hizo que resbalara y fue a parar a una poza, fruto de las lluvias recientes. No logró liberarse de la mochila que le impedía salir a flote y para cuando llegaron sus compañeros ya fue demasiado tarde. La angustia fue mayor al no poder salir de allí hasta que les pudieron rescatar, pues habían quedado atrapados todos. Igual que a M, los nietos le quedaron lejos y pese a que tiene otros tres hijos y otros nietos cerca, el dolor es tan profundo que asoma por sus ojos secos de tanto llorar. Mujer fuerte y valiente, que luchó por sacar a sus hijos adelante, que no dejó que la vieran flaquear ni un momento, y que ahora es incapaz de pedir y aceptar su ayuda, cuando más los necesita.

Hay quien dice que el tiempo cierra las heridas, pero por más tiempo que pase, hay heridas que no cicatrizan nunca, y como me dijo mi amiga N. tras fallecer su hermana por culpa del cáncer, es como perder una parte de tí, antes estaba y ahora no y por más que pasen los años nunca volverá a estar ahí.

Sé que sólo son un par de mujeres que nacieron en la posguerra, que sobrevivieron como muchas otras y a las que el destino les ha jugado una mala pasada. Intuyo que algo esconde M, otra M, que pese a sus malos modos y gritos, hay momentos en que calla y enjuaga unas lágrimas que no osan asomarse. Un gran corazón esconde bajo esa coraza, y mucho dolor debe esconderse tras ella.

Así, entre punto y punto, entre risas y tertulias, estas mujeres siguen adelante y cicatrizan sus heridas, mientras yo las escucho y mimo todo lo que puedo, aunque a veces tenga que ponerme firme y plantarme, porque no soy de una sola, sino de todas ellas.