De piedra a sirena

Hace muchísimos años ya, allá en el siglo pasado, en una piscina cualquiera, anotaron a una niña para que aprendiera a nadar. Iba feliz ella en su segundo día de piscina, el primero que iban a ir a la piscina de los grandes, estrenando su gorro, cuando el monitor decidió escogerla para poner a prueba que el instinto natural de un niño al caer al agua es bracear para salir de ella. No tuvo en cuenta que no todos los niños responden igual y que ante tamaña hazaña, la sorpresa inicial bloqueó a esa niña, convirtiéndola en una piedra que fue al fondo de la piscina, quieta, inmóvil, sin ni siquiera atreverse a respirar. Pasaron los segundos y viendo que ni se movía ni se agarraba al salvavidas que le lanzó, se tuvo que tirar para sacarla del trance. Sobra decir que desde ese día, todos los males aquejaron a esa niña cada vez que tenía que ir a piscina, no aprendió nada y el pánico al agua quedó grabado a fuego en su inconsciente.

Pasaron los años, y recién iniciando la veintena, esa niña convertida en mujer, decidió que había que superar ese miedo, que dentro del agua se está muy bien y quería ir más allá de donde cubre. Durante dos veranos aprendió a nadar y ganó confianza, se sentía pez en el agua, era su medio y disfrutaba de él. Pasaron los años sin que tuviera ocasión de volver a una piscina y cuando lo hizo descubrió que todo lo aprendido se quedaba en nada cuando dejaba de tocar pie… el pánico volvió a ocupar su trono.

Un par de décadas más tarde, decide volver a empezar, y esta vez sí, o al menos eso parece, ha logrado dejar de ser piedra para comenzar a ser sirena.

Para aquel que nunca ha experimentado ese miedo inconsciente al agua será difícil entender el sentimiento de triunfo, el empoderamiento que sientes cuando te tiras de cabeza al agua, das cuatro brazadas, te paras, sumerges, nadas un rato, haces el muerto, juegas a ser una boya que sube y baja… cruzas a otro carril donde esa pared amiga ya no está ahí porque sabes que eres capaz de flotar y respirar sin sujetarte a ella. Recién superado (aunque sea dicho con la boca chica) ese miedo irracional, ahora queda seguir trabajando en la técnica, mejorar la resistencia, y algún día no muy lejano comenzar a bucear.

Queda mucho por delante, y quien sabe si cuando lleve un tiempo alejada del agua, ese miedo visceral regresará o no, pero hoy, ahora, me permito disfrutar de cada minuto que paso dentro del agua, y soñar en todo lo que podré hacer una vez lo haya vencido del todo… snorkel, buceo, cayac, piragüismo…

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